Su nombre desemboca dulcemente en el aire como el río desemboca dulcemente en la mar... Y no sé cuál es.
¿La conozco? Ni siquiera sé si la conozco... Jamás he hablado una letra con ella. Y pese a todo...
¿Acaso no es la elegancia de su rostro, la agradabilidad de su sonrisa, el amor que sale de sus párpados cuando pestañea, acaso no es todo cuanto ella vale? Un nombre... ¿Qué es un nombre? ¡Ella no lo ha elegido! Ella no es su nombre, sino lo que queda cuando éste desaparece. ¿No es la luna ella misma aunque la llamemos de otra manera? Y ella... ella es mucho más que la luna. Ella posee la luna, pero no lo sabe; su encanto es el de las estrellas, y en su mirada van amanecer y atardecer unidos, homogéneos pero separados.
Me enamoré de un alma, no de una voz.
Su voz va con ella, cambia a voluntad como extraña compañera, con el albedrío del viento, ora suave y refrescante, ora tiznado y espeso, ora feroz y arrebatador. Su alma, no obstante, es ella misma, enseñándose por fuera al no caber su magnanimidad dentro del cuerpo; es un aroma de rosa, mortal en la materia pero perenne en el recuerdo.
Viene su belleza y en ella se refugian canto y poesía; vive en ella el arte, es su rostro el de Afrodita embellecida; amanece en ella el Sol, y tras ella se pone la luna, pues no es día si no está, y no es noche si falta su ausencia.
Ella vive, y me mata viviendo. Ella muere, y con ella yo de tristeza. Sirva su luz de Sol y su aliento de brisa, y amanezca cada día con el despertar de su sueño. Ella es quien da esperanza a los miserables, la que sirve de castigo a toda dama, repudiando su belleza y doblándola con creces.
Ella vive, y yo con ella. Ella muere, y tras ella desaparezco.
Att.,
Misael
¿La conozco? Ni siquiera sé si la conozco... Jamás he hablado una letra con ella. Y pese a todo...
¿Acaso no es la elegancia de su rostro, la agradabilidad de su sonrisa, el amor que sale de sus párpados cuando pestañea, acaso no es todo cuanto ella vale? Un nombre... ¿Qué es un nombre? ¡Ella no lo ha elegido! Ella no es su nombre, sino lo que queda cuando éste desaparece. ¿No es la luna ella misma aunque la llamemos de otra manera? Y ella... ella es mucho más que la luna. Ella posee la luna, pero no lo sabe; su encanto es el de las estrellas, y en su mirada van amanecer y atardecer unidos, homogéneos pero separados.
Me enamoré de un alma, no de una voz.
Su voz va con ella, cambia a voluntad como extraña compañera, con el albedrío del viento, ora suave y refrescante, ora tiznado y espeso, ora feroz y arrebatador. Su alma, no obstante, es ella misma, enseñándose por fuera al no caber su magnanimidad dentro del cuerpo; es un aroma de rosa, mortal en la materia pero perenne en el recuerdo.
Viene su belleza y en ella se refugian canto y poesía; vive en ella el arte, es su rostro el de Afrodita embellecida; amanece en ella el Sol, y tras ella se pone la luna, pues no es día si no está, y no es noche si falta su ausencia.
Ella vive, y me mata viviendo. Ella muere, y con ella yo de tristeza. Sirva su luz de Sol y su aliento de brisa, y amanezca cada día con el despertar de su sueño. Ella es quien da esperanza a los miserables, la que sirve de castigo a toda dama, repudiando su belleza y doblándola con creces.
Ella vive, y yo con ella. Ella muere, y tras ella desaparezco.
Att.,
Misael
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